Hay cosas de mi casa que se volvieron tan cotidianas que ya no huelen a tí.
Como la azucarera que regalárame mi ex suegra.
Pequeñita, como se la pedí.
Dos cucharadas para el te, y recuerdo entonces.
Vivía en una casa minúscula en una vecindad llamada la Requena.
Vivía ahí, sola por primera vez, tenía 25 años
y una gata de comportamiento desordenado.
Entonces en mi casa todo debía ser pequeñísimo para caber.
Y se me ocurrió, no sé por qué, que una azucarera grande
haría mal juego con toda mi casa...
****
Después de que te fuiste
(primero de mi casa
luego de mi vida
luego tuve que arrancarte y esperar
pacientemente
a que la costra se formase)
Barrí toda partícula tuya.
Juguetes, fotos, regalos
(una tarjeta en tinta verde
del último regalo de cumpleaños:
era vinho verde, era el juego ése).
Barrí todo, hasta el espejo
(regalo de la suegra)
yace de en el suelo de cabeza.
(tanto nos reflejamos ahí)
Como si tu existencia fuera levadura
te saqué para el Purím.
Limpieza a fondo,
la disposición de todos los muebles
para que no quede nada de la jora
nada en que se imprima tu forma.
Y fue hasta hoy que me percaté
que uso la misma azucarera
y que esa es ya tan cotidiana
que perdió todo rastro de ti.
Y sólo recuerdo entonces
que fue traída en un viaje.
Y la miro como la cicatriz
que se niega a broncearse con toda la piel.
Y la veo ahí.
Y me sirvo azúcar,
como si nada...










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